30 razones para agradecer

Dicen que si la montaña no viene a ti, uno debe ir a ella. Y es que hay muchas cosas en relación al Master que estoy haciendo que no me gustan, y una de ellas (quizás la principal) es que pensé (yo y mi constante mente dando vueltas), nos tendrían escribiendo el triple, y corrigiendo sin cesar nuestros textos viajeros. Pero al darme cuenta que esta no sería la tónica, me frustré y arrepentí de haber dejado todo y partir (a pesar de que siempre dije los estudios eran una excusa). Lo bueno es que tanto darle vueltas a esto me llevó a inscribirme en un curso de escritura creativa con el cual estoy feliz. Me tienen escribiendo, leyendo y criticando textos semanales y mis enanos cerebrales comenzaron a activarse rápidamente.

El primero de los escritos fue un me gusta/no me gusta, y después de leer las críticas lo comparto, ya que fue bastante bien recibido.

El que me gusten cosas no quiere decir las haga, sienta o reciba constantemente. Hay algunas que son situaciones puntuales que recuerdo con dulzura. El que no me gusten otras no deja de lado que yo también las cometa… es más, quizás por eso mismo las detesto con más fuerza. Porque es mi lado oscuro en (espero) vías de cambio.

En fin, ojalá les gusten/no les gusten… y puedan sentir y vivir estas sensaciones/momentos y estados, ¡que tanta cosa a mi me producen!

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Me gusta la sensación de cansancio y dolor corporal después de horas de correr por el cerro, pero aún más el acto de cruzar una meta de carrera cuando el cuerpo ya no quiere mas guerra, y los músculos piden reposo a punta de calambres.

Normalmente suelo llegar un par de minutos antes a cada lugar, o estar lista muy rápido, por lo que me cuesta tolerar el atraso injustificado.

Me enorgullece ver las caras de disfrute y complicidad cuando amigos llegan a mi departamento y sienten el olor de especies de un delicioso festín preparado para ellos.

Aunque suene cliché, me gusta sentir como mi cuerpo se suelta y se conecta con la música cuando bailo como si nadie me estuviera mirando, mientras se mezcla una sensación de desenfreno y relajo. Y no me importa quedar transpirada, porque mi reloj cuenta pasos marca mas de diez kilómetros de puro goce bailando.

No puedo con las verdades absolutas y el gesto de desaprobación que estas con llevan casi siempre; las que me llevan en muchas ocasiones a ser abogada del diablo, solo por el hecho de generar conciencia de que nadie tiene 100% la razón.

Me pone melancólica, pero me gusta recordar cuando, a modo de complicidad, él se paraba por detrás, ponía su barbilla en mi hombro y me abrazaba.

Me encanta cuando los tuyos, los míos y los nuestros nos reunimos y recordamos al que nos unió. Nos reímos, y seguro mas de alguno luego, solo en casa, llora.

La mirada cortante y juiciosa de desaprobación por no ser quién esa persona que tengo al frente quiere (o le gustaría) yo fuera, es algo que me pone mal genio.

Esa magia que se crea cuando el candor de una buena conversación entre amigos que comparte una (o varias) botellas de vino, tablas de queso y chocolates, me hacen dar una paso atrás y caer en cuán afortunada soy de tenerlos conmigo.

Me gusta leer la felicidad y el disfrute que se puede entrever en un buen feedback de pasajeros que quedaron contentos con un viaje organizado por mi.

Los recuerdos a veces se pierden y me olvido de sus voces, o de sus gestos. Se me olvidan fácilmente las cosas y recurro mucho a fotos y videos para mantener momentos por mas tiempo vivos. No me gusta sentir que mi memoria falla, y que dependo de ellos para mantener esos instantes.

Amo levantar la vista y darme cuenta que estoy en la mitad de un sendero, en algún lugar del mundo, en donde me rodea solo la naturaleza, que hace me conecte con mi mente, con mi respiración, con mis miedos, con mis recuerdos y me hace a la vez, imaginar.

No me gusta no poder mejorar, a pesar de los esfuerzos.

La conexión que se genera a través de una sonrisa real cuando se está gozando del mismo momento.

El olor a pipí y basura calan tan profundamente en mi nariz que me dan ganas de salir corriendo.

Me gusta, pero me asusta, sentir en exceso. Llorar con dolor, de ese que te parte el alma y que hace que la frase “se me parte el corazón” sea real. O reírme de felicidad hasta el punto de no controlar mi vejiga y hacerme pipí. En el fondo, el sentir que no controlo algunas emociones, que estoy viva y que no sé si mañana lo estaré.

El poder de la naturaleza a través del viento, que a veces es tal que me levanta, me alucina. O cuando veo un relámpago y quedo a la espera del trueno ya que es algo que no se puede controlar. El sonido y movimiento de un temblor fuerte que me hace parar y actuar. O la lluvia Patagónica pegándome en la cara que me lleva a parar, doblarme en contra y esperar.

El hecho de pensar que quizás la maternidad y el sentir esos cambios del cuerpo mientras va creciendo un pequeño ser dentro se va quedando atrás y es solo cosa de sueños, me asusta. Me aterra el pensar en una vejez solitaria.

Me gusta mucho, y hace me alegra un montón por el esfuerzo que conllevó, cuando siento subir fácilmente a esos jeans que hace unos días no entraban

Están secos y arenosos. Puedo sentir aquella falta de humectación que no me gusta. Necesito crema tanto en mis manos, como en mis pies. Me gusta sentirlos siempre humectados.

A pesar de ser una personas que no le gusta la toquen mucho, disfruto mucho cuando me doy cuenta que hay una gota de baba cayendo por el agujero de la camilla de masaje. Indica relajo absoluto.

No me gusta que respuestas a ciertas inconclusas se basen en creencias religiosas, ni políticas. Aunque estas últimas las entiendo un poco mas.

La chapa se encuentra a poco mas de un metro. La miro, hago el ejercicio de llegar a ella. Vuelvo a mi lugar. Mi otra mano comienza a sudar y en mi mente un tic tac. Me invade el vértigo. Empolvo de magnesio mis manos. Luego vuelvo a mirar la distancia mientras mi pierna derecha comienza a “hacer la moto”. La controlo y respiro. Me muevo, pongo la cinta express y enchapo. Felicidad plena y absoluta.

Esa justificación sin sentido, sin empatía, cuando alguien me discute solo procesando un punto de vista único saca lo peor de mi persona

Cuando logro controlar mi vértigo marino y me encuentro relajada ya a 12 metros bajo la superficie del mar, y disfruto cada segundo y la idea de que el fondo marino es un lugar al que no pertenecemos como especie humana, me encanta. Solo somos observadores de un ecosistema maravilloso, lleno de colores, formas y sorpresas.

Se me aprieta el pecho y ese sentir de “las cagué mal” me inunda.

Me gusta y emociona mirar a mi familia llorar de risa cuando mis sobrinos comienzan a embromar a mis hermanas y cuñados y hay un momento de complicidad único, en donde todos ríen y los problemas, malos ratos y penas que están ancladas en el alma, desaparecen.

No me gusta el olor que impregna una sala cuando hay un cordero siendo cocinado a las brasas ya que trae a mi el recuerdo de ese cuchillo y el chillido que escuché cuando este penetró en el cuelo del animal, al que había cuidado con tanto cariño pensando sería mi nueva mascota.

Me cuesta mucho entender las injusticias sociales, como el que ella camine en zapatos de 500 euros, mientras ella ruega tener los céntimos suficientes para poder comprar algo de comer hoy.

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