Desde el final

Dentro del curso de Escritura Creativa que tomé este año en Barcelona, este fue uno de los cuentos mas elogiados por los compañeros y el profesor. Iré subiendo el resto de a poco, ya que uno necesitan un par de correcciones.

 

Llevaban días buscándolo y no lo encontraban. Les habían dicho que lo habían visto en una de las bahías mas cercanas al puerto, pero como la idea era explorar la zona completa, recorrer algunas de los cerros de las islas, y adentrarse en los manglares, prefirieron demorarse un día y seguir gozando del paisaje que la península desértica les estaba entregando.

Cabo San Lucas y toda la península de Baja California es un lugar que para cualquier persona un poco conectada con la naturaleza, es un paraíso terrenal. A pesar de que sus paisajes tienen colores más arenosos, rojizos y uno que otro verde por algún cactus; el turquesa del mar te deja boquiabierto, y más aún si uno se sumerge en sus aguas e intenta conectar con algún pececillo que feliz nada por ahí. El Mar de Cortés y su riqueza en cuanto a fauna y flora marina es de los paraísos submarinos más codiciados por amantes del buceo.

Cuando Ainoa comenzó a bucear, sus primeras sumergidas fueron difíciles. No al estar abajo en el mar disfrutando del estar ahí, observando lo que pasaba a su alrededor. Siendo una espectadora. Sino que los ataques de angustia llegaban cuando a escasos cinco metros de la superficie del agua había que hacer la “parada de seguridad” durante tres minutos. Ahí es cuando su mente se volvía loca y se llenaba de preguntas, y todo el peso del agua, que a pesar de que a esa profundidad es menor, empezaba a pesarle y tenía que salir de ahí a toda costa. De a poco fue logrando controlar estos tres minutos, y ahora hasta ha llegado a disfrutarlo. Siempre trata de no mirar hacia arriba, ni abajo; mantenerse enfocada en sus compañeros o concentrada en el horizonte, técnica que ha sido últimamente la mejor opción. El abismo le genera una atracción que se transforma en desesperación a los pocos segundos. Es una sensación rara, difícil de explicar, pero que sucede casi siempre; y cuando aparece, es casi imposible de olvidar. Si mira arriba, ese color ya mas claro, los rayos de sol entrando y los colores del bote junto al ruido del motor, le juegan en contra. Pero nada de esto, ni esa crísis de pánico cuarenta metros abajo mientras hacía el curso para tener la certificación Advance, han hecho que apenas pueda meterse al mar a gozar del contacto con su flora y fauna, lo haga. Sobre todo cuando está la posibilidad de avistar tortugas, manta rayas y delfines.

Esta vez era distinto, después de cuatro días navegando por el Archipielago de Todos Los Santos, les acababan de avisar que el tiburón ballena andaba cerca y que no era uno, habían visto a dos. Se pusieron muy nerviosos y comenzaron a preparar los botes y el equipo. Juancho, el divemaster, los juntó a todos y explicó los pasos a seguir. Esta vez irían sin tanque, solo aletas y máscara de buceo.

No se puede tocar, obvio. Y hay que mantener la distancia —les dijo.

— Si él llega a acercarse, es distinto. Pero siempre recuerden tratarlo con muchísimo respeto, y cuidando de no asustarle.

Les comento también que los que no se sintieran seguros de poder mantenerse a flote nadando rápido, podían ir con salvavidas; aunque él no lo recomendaba, ya que hacían que uno fuera más lento. Ainoa optó por ponerse un traje corto que la ayudaría a mantener una flotabilidad adecuada, pero no haría se alentizara, ya que sabía que con este se podía nadar cómodamente. Más que mal, es sabido que para seguir a un tiburón ballena, hay que ir rápido, a menos que tengas la suerte de que se ponga a comer.

Se sentía la ansiedad y el desconocimiento. No tenían idea de cómo lo verían. O qué se sentiría al lanzarse en pleno mar abierto a nadar con el. Y de pronto, ahí estaba. Se lograban ver sus manchas en la cristalina agua turquesa. Se veía su boca abriéndose al intentar tragarse todo el krill que encontraba en el lugar. Ella, absorta y con el corazón a mil, jamás había visto uno. Solo en fotos y museos. Sintió como le bombeaba, era como un tambor interno, le iba a explotar de la emoción.

Juancho y José, el Capitán del sodiac, los dividieron en dos grupos, ya que diez personas al unísono tirándose al agua podía ser algo brusco para la audición del pez más grande del mundo. Saltaron cinco primero y al poco rato bajarían cinco más.

Ya en el agua esa sensación de nervio que a veces le inundaba, la agarró por completo. Se sintió inmóvil en un minuto, mientras veía la cola moverse en dirección contraria. Se iba alejando de ella. De repente, escuchó un ruido muy cerca y se dio vuelta, para darse cuenta que frente a sus ojos se encontraba el otro. O mejor dicho, la otra. Era enorme, de un gris precioso que hacía brillara todo a su alrededor al reflejarse los rayos de luz que entraban por el agua celeste  en sus manchas blancas. Se fijó que los últimos cinco recién bajaban y estaban, al igual que ella, absortos frente al escenario. Se fueron todos siguiendo al otro tiburón ballena, tratando de no alejarse o quedarse atrás, ya que se movía muy rápido. Es loco pensar que un animal tan grande (debe haber medido unos doce metros de largo) pueda moverse con tanta facilidad y rapidez.

Cuál fue su sorpresa al ver que cuando ambos tiburones ballenas se encontraron, se instalaron a comer. Ainoa no recordaba haber sentido tanta alegría junta hacía mucho tiempo. Y aún teniendo su máscara de buceo puesta, lloró. Y estando bajo el agua, se ahogó de emoción y pensó: “He tenido minutos surreales y sublimes en la vida, y con certeza podré luego contar que este ha sido uno de los mejores”.

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